UNA VERDAD AÚN MÁS INCÓMODA
Para empezar, la supuesta necesidad de salvar la Tierra es un disparate fruto de la soberbia antropocentrista. El planeta lleva millones de milenios soportando vida, y el paso del hombre es fugaz (el actual Holoceno, tras la última extinción masiva después de la que ha florecido la civilización humana, son sólo 10.000 años). Antes hubo vida y después la seguirá habiendo, evolucionando a partir de lo que quede (aunque sean bacterias). Tampoco se trata de salvar la especie, que ha vivido y vive en climas muy diferentes. El amenazado es nuestro modo de vida actual, nuestra sociedad.
(...) Si queremos apartarnos del fango y aprovechar lo positivo del mensaje ecologista, debemos ser estrictos. Es cierto que la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera aumenta por la actividad humana. Es razonable que eso tenga un efecto sobre la superficie, probablemente un calentamiento. Ir más allá con evidencias y predicciones choca con la limitación de los datos disponibles, la variabilidad natural y la debilidad de los modelos que se usan. No quiere esto decir que seamos inocentes; todo lo contrario. Detrás de esas “catástrofes” que ahora se achacan rutinariamente al cambio climático, la influencia humana es quizá más demostrable de manera directa, como en el caso de la desertización (comprobado desde el Imperio Romano: la acción del hombre sobre el suelo es la principal causa) o las inundaciones, achacables no tanto a un repentino aumento de lluvias torrenciales como a la voracidad con que se invaden cauces naturales del agua al urbanizar. Sequías ha habido siempre, huracanes también, son parte del clima y sus procesos naturales. Lo que no había antes es tanta gente en su camino.
Y es que mientras planteamos el debate de la ecología en el clima y su “rescate”, convirtiendo en héroe berlanguiano a Mr. Gore (sus lucrativas conferencias merecen el premio Príncipe de Asturias de la Cooperación Internacional; ahí es nada, luchadores por los derechos humanos), hay una verdad mucho más incómoda que nadie está dispuesto a asumir. Es cierto que la civilización tal y como la conocemos corre un grandísimo peligro, pero no por un posible cambio climático, sino por la superpoblación. Para ilustrarlo se usa el concepto de “huella ecológica”, que indica cuánto terreno ecológicamente productivo es necesario para satisfacer un determinado nivel de vida (los recursos utilizados y el impacto de los residuos producidos). Este índice de sostenibilidad, aunque aproximado y especulativo, resulta en todo caso preocupante (entra en www.myfootprint.org si quieres estimar el tuyo). Incluso teniendo en cuenta los márgenes de error, la huella de nuestra sociedad consumista supera ampliamente la superficie de que dispone. Ya sabemos que el capitalismo vive a costa del resto del planeta. Lo más alarmante es que ese “resto del planeta” ya ha dejado de ser suficiente. La huella ecológica global del planeta (la media de todos, ricos y pobres) supera su dimensión. Es decir, con el nivel de desarrollo actual, la humanidad en su conjunto necesita más recursos de los que se producen en la Tierra.

(...) Es la norma: alentar el consumo, activar la economía, agotar recursos. Ha sido así desde el principio de la civilización (pocas tribus plantaban un árbol por cada uno que cortaban, pocas antepusieron ecología a economía), pero el crecimiento reciente es mucho más acelerado que el aumento de dióxido de carbono y el “calentamiento” global que tanto asustan.
Somos 6.600 millones de personas (dos veces más que en 1965) y seguimos creciendo. Tenemos un sistema de vida basado en el incremento del consumo como desarrollo. Gastamos más y más rápido de lo que el planeta puede suministrar. Y no pensamos parar hasta agotarlo todo.
